Hace ya veinticinco años que Melecio Galván fue asesinado. Curiosamente, un cuarto de siglo después de los hechos, la obra y la muerte de Galván tienen más vigencia que nunca; de hecho, parecen tener un carácter premonitorio: lo más conocido de su producción, la famosa serie Militarismo y represión fue hecha a partir de una convocatoria de la revista Proceso, aunque Melecio nunca llegó a enviar esos trabajos. En ella, el gran dibujante expresó con impresionante maestría el desprecio y miedo que a la vez sentía por los personajes uniformados y armados. La versión oficial de su fallecimiento es brutalmente cínica y grotesca, pero también sumamente transparente: un “sujeto enloquecido” se presentó, el 28 de mayo de 1982, ante el oficial de la policía judicial en turno, en la delegación de Chalco, pidiéndole que le prestara su pistola para suicidarse. Y como el oficial se negó, se fue, dejando abandonado un cuaderno de dibujos (extraños, absurdos e inexplicables, a decir de los policías que veían su propia imagen en ese espejo). Curiosamente, fue encontrado un día o dos después (ni siquiera eso es posible dilucidar en la averiguación previa) en una ranchería, ahorcado, con las venas de ambos brazos cortadas y con golpes en la cara y otras partes del cuerpo y con abrasiones producto de haber sido arrastrado. “El individuo se suicidó”, fue la veloz conclusión de la inexistente investigación. Después siguió el procedimiento de rutina: merodeos de policías judiciales por los domicilios de los familiares y amenazas para que no sintieran ganas de andar investigando por su cuenta. La prensa amarillista ayudó haciendo lo suyo: “Extraño individuo… extraños dibujos… extraña muerte”, encabezó La Prensa su nota (una simple trascripción de la versión oficial), profusamente ilustrada con fotos del cadáver. Años después, el expediente “se pierde”. ¿Queda alguna duda? Sus dibujos eran una clara y sorprendente premonición de su suerte personal, pero no sólo eso: son un relato visionario del México de hoy: son una denuncia de la represión en Lázaro Cárdenas y en Atenco, un aviso de lo que sucedería en Guadalajara a los altermundistas, una visita a los detenidos de la APPO; son un retrato increíblemente nítido de Calderón grotescamente disfrazado de militar rodeado de militares de a de veras. Vale la pena recuperar esas imágenes que Melecio Galván hizo hace más de un cuarto de siglo, porque esa pesadilla apenas está empezando.
Debroise, Oliver [Ed.], en “Melecio Galván” Informe, México: UNAM. MUAC, 2008, p.78